1. Sacerdote… ¿por qué?

    Elegir el sacerdocio es creer en el amor de predilección que Dios nos ha tenido; es creer también en que yo puedo amar a Dios, a la Iglesia, a los hombres con corazón indiviso, íntegro, total, apasionado. Y creer, finalmente, que puedo ofrecer mi vida y desgastarla en la salvación de los hombres.


    1 Juan 4, 16: “Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”
     Elegir el Sacerdocio es creer en el Amor apasionado y de predilección que Dios me tiene.

    ¡Qué amor tan grande me ha tenido Dios! La vocación sacerdotal es el beso más profundo que Dios puede dar a una pobre creatura aquí en la tierra. Vamos a desentrañar este amor, partiendo de la parábola del buen samaritano, personificación de Dios Amor.
    Creer en ese amor de Dios a mi alma. Cada día. Cada minuto. Cada segundo. Vivir en esta atmósfera. ¿Cómo ha sido y es ese amor de Dios a mi alma?
    Es un amor que se ha detenido a la puerta de mi pobre casa. Había otras puertas más engalanadas, más dignas. Pero quiso detenerse en la mía, sin mérito alguno de mi parte.
    Es un amor que ha bajado a mi miseria personal, que no se ha escandalizado de mi pasado, que ha sabido disculpar y comprender mi poquedad, lo humilde de mi mesa…Se ha compadecido de mí, pero con una compasión que no humilla, sino que restaura y anima.
    Es un amor que sacó de su corazón lo mejor que tenía para curarme las heridas que mi alma tenía: el aceite y el vino de su cariño, de su perdón, de sus sacramentos. Y me vendó con su amor.


    Es un amor que al recogerme y subirme sobre su propia cabalgadura divina, no me dejó caer sino que me dignificó, me levantó a una altura jamás soñada por mí: la misma dignidad de Dios.
    Es un amor desmedido, pues me trajó a esta posada, la Legión y encomendó a sus formadores: “Cuida de él, pues está llamado a ser mi sacerdote”.


    ¿Yo creo en este amor de Dios? ¿Lo voy experimentando cada día? ¿Lo agradezco y correspondo, pues “amor con amor se paga?


    Elegir el Sacerdocio es creer en el Amor que yo puedo darle a Dios.
    Hay quienes creen que no pueden amar a Dios; les parece como exclusivo de almas santas. ¿Yo tan miserable y tan lleno de defectos, tan inconstante y disipado, yo tan poca cosa?
    Pues sí. Puedo porque tengo corazón. Para eso Dios me dio el corazón; no para apegarlo a esta tierra y a las creaturas de este mundo. Estoy hecho para amar y entregar mi vida para una causa noble y grande, para dar mi vida por El.


    Puedo porque Dios ha puesto en mi corazón su gracia para que yo le ame, pues la gracia es como una segunda naturaleza permanente, ínsita, incambiable. Desde el momento en que estamos en gracia, amamos a Dios.
    Es verdad que nuestro amor es pobre, es una chispita. De todos modos, El acepta esa chispita y El mismo hará que se acreciente hasta que llegue a ser volcán, fuego de amor que impregne de perfume nuestra vida entera, y queme alrededor.
    Por tanto, creamos en que podemos amarle. ¿A pesar de mi pasado? - ¡Sí! ¿A pesar de mis pecados? - ¿Por qué no?


    Dos cosas impiden a muchos creer en su propio amor: primero, que no lo sienten. Segundo, si le amara, haría cosas extraordinarias. Pero ni una ni otra cosa experimento.
    Tratando de contestar a estas objeciones, diremos. El amor no es cuestión de sentir o no sentir. Bien sabemos que el amor de Dios no se siente sensiblemente. Si alguna vez se quiere regalar a un alma, eso es otra cosa. En el mismo plano humano hay muchas cosas que no sentimos: la circulación de la sangre, el funcionamiento del páncreas.


    Por tanto, es un pésimo criterio: si siento, es porque amo; si no siento, es porque no amo. ¡No! Esto es un sofisma. Se puede perfectamente no sentir nada y amar mucho. (Ejemplo de Santa Teresita de Lisieux). La parte sensible es la más inferior que tenemos. Cuando no siento, no significa que no ame; más bien significa que tengo que sufrir más, que me cuesta más trabajo. Y por tanto, mi amor es más meritorio a los ojos de Dios.
    Amor es esto: “No siento nada, pero, Señor, en medio de esta impotencia en que vivo, en medio de esta oscuridad, en medio de esta repugnancia, arrastrándome, venciéndome, cumplo mis deberes y me sacrifico por Ti”. Si esto no es amor, ¿qué cosa es amor sobre la tierra?.

     
  2. ¿Quién es un católico? Un católico no es un tipo que anda diciendo “NO” a cuanto tema moral se le cruce enfrente, sino aquél que le dice “SI” a la vida y a su belleza, y tiene la valentía de oponerse a quienes la traicionan.
     
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    Sobre la educación Católica.

    “Para la Iglesia, educar al hombre es parte integrante de su misión evangelizadora, continuando así la misión de Cristo” (DP 1012).

    Los padres siempre han dicho que la educación es lo primero, porque para ser una persona de bien, y con futuro debes estar bien preparado. Pero al hablar de la educación católica, hoy en día ya no lo encuentran indispensable. ¿Se puede acaso preparar para la vida una persona si no conoce a quien le dio la vida en primer lugar?

    Vemos como día a día nuestra sociedad se deteriora no solo en moral, ética, y sobre todo en la fe. El mundo ya no cree en nada actualmente, ya que no pueden creer en algo que no conocen. Con el pretexto de que el mundo tiene que aceptar todo, los colegios poco a poco han llevado su espiritualidad a un ecumenismo falso, ya que en vez de tener como objetivo recuperar la unidad en Cristo de las diferentes  denominaciones cristianas, se busca abolir toda clase de religión, llamándole a esto respeto. Vemos diariamente a personas quejarse de cómo la juventud se ha deteriorado al pasar de los años, como la tasa de abortos incrementa diariamente, la falta de valores y de costumbres. Pero, ¿Cómo se puede esperar una juventud diferente si no se los educa desde niños en una fe católica? Para cambiar el mundo se debe comenzar educando en la niñez con la verdad, recuperando la fe, el amor a la vida, una juventud que lleve su vida dirigida a Cristo.

    La Iglesia Católica en El Sagrado Concilio expone puntos fundamentales sobre la educación cristiana, referente al derecho universal a la educación y su noción. “Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en la cultura ordenada y activa de la propia vida y en la búsqueda de la verdadera libertad, superando los obstáculos con valor y constancia de alma.” Asimismo declara que los niños y adolescentes tienen derecho a ser estimulados a apreciar los valores morales y a conocer y amar a Dios.

    De esta manera podemos ver que para realmente formar seres humanos de bien, se debe formarlos por completo, procurando cubrir cada necesidad. Los humanos tenemos la necesidad de creer en algo, de llevar nuestra vida y nuestros conocimientos en torno a lo que creemos. Si no se da una guía en la espiritualidad del ser humano, este se puede desviar de enormemente hacia creencias falsas que no aportan de manera alguna a su vida aquí en la tierra. Exijamos pues formación en la verdad, en Cristo que nos dejo en su vida el ejemplo de educación, El mismo vivió una vida de educador, siempre predicando y enseñando por donde iba para que la gente no solo lo siga, si  no que razone y salgan de las tinieblas en las que se encontraban.

    La enseñanza en la educación católica seria la base de una sociedad que se mueve por el amor, con valores, y con deseos de crecer en virtud cada día. Si nos quejamos de las tragedias y aberraciones que vemos cada día, comencemos cambiando nosotros, y después protegiendo a los niños, formándolos correctamente para evitar en un futuro una sociedad egocéntrica, y llevarla más bien a  ser una sociedad que como Cristo, muera a sí misma para dar vida al resto del mundo.

     
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    Una pregunta.

    ¿Me preguntas qué hago delante del Santísimo Sacramento? Dime: qué hace un pobre delante de un rico?, qué hace un enfermo en presencia del médico, un sediento ante una fuente de aguas cristalinas, un hambriento junto a una mesa provista de manjares? Pues eso hago yo delante del Santísimo Sacramento.

     
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    S.S Benedicto XVI
    — Una vela puede dar luz solamente si la llama la consume. Sería inservible si su cera no alimentase el fuego.. Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros.
     
  6. San Josemaría Escrivá de Balaguer
    — Me hablas de morir “heroicamente”. —¿No crees que es más “heroico” morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor?
     
  7. Entrega.

    ¡Bendito seas, Dios crucificado,
    hombre de mil dolores, Jesús mío,
    cuya muerte sellara el hierro frío
    con un punto y aparte en tu costado!

    Fruto del árbol de la eterna vida
    que sigue prodigándose a pedazos
    en cada altar. Acógeme en tus brazos
    que he de besarte herida por herida.

    Al pie estoy de tu cruz, con sed de cielo,
    de servirte de apóstol y testigo
    que agradece tu sangre y tu dolor.

    Mas si no tienes para mí un consuelo,
    ¡acéptame cual grano fiel de trigo
    que aspira a la molienda de tu amor!

     
  8. Después de la ascensión de Jesucristo al cielo, María ardía continuamente del mas vivo deseo de reunirse con Él. Sin su divino Hijo, a Ella le parecía encontrarse con el más duro destierro. Esos años en los que tuvo que estar separada de Él, fueron para Ella el más lento y penoso martirio, martirio de amor que le consumía lentamente.
    — Santo Padre Pío
     
  9. Jesús habla.

    Miren que hay que segar la hierba todos los años y quizás en las cuatro estaciones: que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan. El alma también hay que cuidarla con mucho esmero y las tendencias torcidas hay que enderezarlas. No crean que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general las grandes caídas empezaron por poca cosa; un gustito, una debilidad un consentimiento quizás lícito, pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence…

    Le sucedió a Judas, puede sucedernos a nosotros.

     
  10. Purifica primero el interior.

    Miren lo que Juan nos recomienda: «En esto sabremos que somos de la
    verdad», cuando amamos con obras y de verdad y no solamente de palabra y
    con la lengua, «y tendremos la conciencia tranquila ante Dios». 
    ¿Qué quiere decir «ante Dios»? Donde Dios ve. Por eso, el propio
    Señor dice en el evangelio: «No hagas el bien para que lo vean los
    hombres, porque entonces su Padre celestial no los recompensará». ¿Qué
    significa el precepto «que no sepa tu mano izquierda lo que hace la
    derecha» (Mt 6, 1.3), sino que la derecha es la conciencia pura mientras
    que la izquierda es la codicia? Mucha gente hace muchas cosas admirables
    por la codicia de los ojos; entonces actúa la mano izquierda, no la
    derecha. La derecha es la que tiene que actuar, pero sin que lo sepa la
    izquierda, para que la codicia de los ojos no intervenga para nada cuando
    hagamos algo bueno por amor. 
    ¿Y cómo lo sabemos?
    Ponte ante Dios e interroga a tu corazón; mira lo que has hecho y
    si lo que
    pretendias con ello era tu salvación o pura vanagloria humana.
    Mira por dentro, pues el hombre no puede juzgar al que no puede
    ver.
    Si apaciguamos nuestro corazón, apacigüémoslo ante Dios.
    Porque «si nuestra conciencia nos condena», es decir, si nos acusa
    por
    dentro porque no hacemos las cosas como las debiéramos hacer, «Dios es
    más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo».
    Tú que eres capaz de esconder a los demás el fondo de tu corazón,
    intenta hacerlo con Dios, a ver si puedes. ¿Cómo vas a ocultárselo a aquel,
    de quien decía un pecador, lleno de miedo y de arrepentimiento: «¿Adónde
    podré ir lejos de tu espíritu, a dónde escaparé de tu mirada?».
    Buscaba adónde huir para escapar al juicio de Dios, y no lo
    encontraba, pues ¿hay algún sitio donde no esté Dios? «Si subo hasta los
    cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal
    138, 7-8). ¿Adónde irás?, ¿adónde huirás?, ¿quieres un consejo? Si quieres
    huir de él, huye hacia él. Huye hacia él confesándote a él, no
    escondiéndote de él, pues no puedes esconderte de él, pero sí confesarle
    todos tus pecados. Dile: «Tú eres mi refugio» (Sal 31, 7) y alimenta en ti
    el amor, lo único que conduce a la vida.

     
  11.  1

     
    El Señor ha llegado a mi como un amante insistente, y no puedo resistirme mas
    — Santa Clara de Asís
     
  12. El maravilloso llamado de Dios. 

    “Don’t die wondering”

     
  13. Y es esta, nuestra misión.